Resurrección

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Por encontrarse a la sombra, la parte izquierda de las calles estaba fresca y húmeda todavía; a través de la calzada ya seca, pasaban sin cesar los carros ruidosos y pesados, y sonaban los tranvías de mulas. En el aire vibraban las distintas campanas que llamaban a la gente a asistir al oficio religioso, igual que el que se estaba celebrando en la prisión. El público endomingado se dirigía a sus respectivas parroquias.

El cochero acercó a Nejliúdov no a la misma cárcel, sino a un recodo que conducía a ésta.

Unos cuantos hombres y mujeres, la mayoría con paquetes, permanecían en este sitio a unos cien pasos de la prisión. A la derecha se alzaba una construcción de madera, no muy alta; a la izquierda, una casa de dos pisos, que ostentaba un letrero. Delante se destacaba el enorme edificio de la prisión, hacia el que se dirigían los visitantes. Un centinela, con el fusil al hombro, paseaba de arriba abajo y rechazaba severamente a los que querían entrar.

Al pie de la verja de la construcción de madera, al lado derecho, enfrente del centinela, permanecía sentado en un banco un carcelero con un uniforme con galones, y un librito en la mano. Se le acercaban los visitantes e iban diciendo el nombre de quien querían ver, y él lo apuntaba. Nejliúdov se acercó también y nombró a Katerina Máslova. El carcelero de los galones lo anotó.


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