Resurrección
Resurrección Dejando pasar delante a los que iban apresurados, entró el último en el local destinado a las comunicaciones. Lo primero que le sorprendió cuando atravesó la puerta fue el ruido ensordecedor de cientos de voces fundidas en un solo rumor. Al acercarse más a la gente que se pegaba a las rejas, lo mismo que un enjambre de moscas apiñadas sobre un montón de azúcar, comprendió de lo que se trataba. La habitación, con ventanas en la parte trasera, estaba dividida en dos por una doble reja que bajaba desde el techo hasta el suelo. Entre las rejas paseaban los carceleros. A un lado estaban los reclusos, al otro los guardianes y los visitantes. La distancia entre unos y otros era de tres arshines, de forma que no sólo era imposible entregarles algo a los reclusos, sino incluso verles la cara, sobre todo para una persona miope. Era difícil hablar, había que gritar con voz en cuello para ser oídos. Por ambos lados había rostros pegados a las rejas: eran las mujeres, maridos, padres, madres, hijos, intentando oírse los unos a los otros y contar lo que necesitaban. Pero como cada uno trataba de hablar de tal forma que lo oyera su interlocutor y los de al lado pretendían lo mismo, sus voces molestaban y entonces cada uno procuraba gritar más que su vecino. Por eso se había organizado aquel fuerte rumor, mezclado de gritos, que había asombrado a Nejliúdov al entrar en la sala. No había ninguna posibilidad de descifrar lo que decían. Sólo por la expresión de las caras podía juzgarse lo que hablaban y cuáles eran las relaciones entre presos y visitantes. Cerca de Nejliúdov había una viejecita con un pañuelo en la cabeza, pegada a la reja, la barbilla trémula, gritando algo a un joven pálido, con media cabeza afeitada. El recluso, alzando las cejas y frunciendo la frente, la escuchaba con atención. Junto a la viejecita había un joven que llevaba una podiovka y escuchaba con las manos puestas en las orejas, moviendo la cabeza, mientras le hablaba un recluso que se le parecía y que tenía el rostro extenuado y barba canosa. Más lejos, permanecía el hombre desarrapado, movía una mano, gritaba alto y reía. A su lado, se hallaba sentada en el suelo una mujer con un niño en brazos, llevaba un buen vestido de lana y lloraba desconsoladamente. Por lo visto era la primera vez que veía a aquel hombre canoso, al otro lado de las rejas, con chaqueta de presidiario, la cabeza afeitada y grilletes en los pies. Cerca de esa mujer, el portero con el que Nejliúdov había estado hablando, gritaba con todas sus fuerzas a un recluso calvo de ojos brillantes. Cuando Nejliúdov comprendió que tendría que hablar en tales condiciones, le invadió un sentimiento de indignación contra los hombres que habían sido capaces de organizar y mantener aquel estado de cosas. Le extrañaba que una situación tan espantosa, aquel escarnio de los sentimientos de las personas, no ofendiera a nadie. Los soldados, el director, los carceleros y los reclusos hacían esto como si reconocieran que así debía ser.