Resurrección

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La reclusa que más llamaba la atención era una gitana, por su asombrosa manera de gritar y por su aspecto; permanecía casi en el centro de la estancia, al otro lado de la reja junto a una columna. Gritaba algo, con gestos bruscos, a un gitano que llevaba chaqueta azul, ceñida con un cinturón. Al lado de éste, sentado en el suelo, un soldado hablaba con una reclusa; más allá, un joven campesino con barba rubia, calzado con lapti, con el rostro encendido que apenas contenía las lágrimas, estaba pegado a la reja. Hablaba con él una reclusa rubia, muy guapa, de ojos azules. Eran Fedosia y su marido. Cerca de ellos, un hombre harapiento, hablaba con una mujer desgreñada de cara ancha; luego, dos mujeres, un hombre y otra mujer, frente a cada uno de ellos había una reclusa. Entre ellas no estaba Máslova. Pero detrás de las reclusas, en el otro lado, permanecía una mujer, y Nejliúdov comprendió inmediatamente que era ella. Su corazón latió con violencia, y se quedó sin aliento. Se acercaba el momento decisivo. Se aproximó a la reja, y la reconoció. Estaba detrás de Fedosia, la de los ojos azules, y escuchaba lo que decía con una sonrisa. No llevaba el guardapolvo como anteayer, sino una blusa blanca muy ceñida por el cinturón y completamente sin escote. Por debajo del pañuelo, lo mismo que el día del juicio, asomaban unos rizos negros.

«Ahora se decidirá todo —pensó—. ¿Cómo llamarla? ¿O se acercará ella misma?»


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