Resurrección

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—Quisiera preguntarle otra cosa. El fiscal me ha dado un pase para la prisión, pero allí me han dicho que necesito una autorización del gobernador para poder verla en días que no están señalados y en un lugar que no sea el locutorio. ¿Es necesario esto?

—Sí, creo que sí. Pero ahora el gobernador está fuera, lleva los asuntos el subgobernador. Pero es un individuo tan tonto que dudo pueda usted lograr algo de él.

—¿Es Máslennikov?

—Sí.

—Le conozco —dijo Nejliúdov, y se levantó para marcharse.

En ese momento entró rápidamente en la habitación una mujer de pequeña estatura, terriblemente fea, chata, huesuda y amarilla. Era la mujer del abogado, que, por lo visto, no se afligía en absoluto de su fealdad. No sólo vestía de un modo original —estaba envuelta en terciopelo y seda de un verde y amarillo rabiosos—, sino que su cabello ralo estaba rizado, y entraba triunfante en el despacho, seguida de un hombre alto y sonriente, de color terroso, que llevaba una levita con vueltas de seda y corbata blanca. Era un escritor, Nejliúdov le conocía de vista.

—Anatol —dijo, al abrir la puerta—, ven conmigo, Semión Ivánovich nos va a recitar sus poesías, y quiero que leas sin falta tu ensayo sobre Garshin.[29]


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