Resurrección

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Nejliúdov quería marcharse, pero la mujer del abogado susurró algo al oído de su marido e inmediatamente se dirigió a Nejliúdov.

—Por favor, príncipe, le conozco y considero innecesarias las presentaciones, tenga la bondad de asistir a nuestra velada literaria. Será muy agradable. Anatol lee maravillosamente.

—¿Ve usted la cantidad de distintas ocupaciones que tengo? —dijo Anatol abriendo los brazos, sonriendo e indicando a su mujer, queriendo decir con eso que no se podía contradecir a una persona tan seductora.

Con expresión triste y grave, con gran cortesía, dio las gracias a la mujer del abogado por el honor que le dispensaba invitándole, pero declinó alegando un pretexto.

—¡Qué quisquilloso! —dijo la mujer del abogado en cuanto salió Nejliúdov.

En el recibimiento, el pasante entregó a Nejliúdov la solicitud y a la pregunta sobre los honorarios, dijo que Anatol Petróvich había fijado la cifra en mil rublos, explicándole al mismo tiempo que, por lo general, no se hacía cargo de asuntos de esa índole y que lo había hecho sólo por tratarse de él.

—En cuanto a la solicitud, ¿quién tiene que firmarla? —preguntó Nejliúdov.

—Puede hacerlo la misma procesada, pero si hay dificultad, la puede firmar Anatol Petróvich, por poder.


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