Resurrección
Resurrección —De lo culpable que soy —remedó Máslova—; pero no te dabas entonces cuenta, cuando me diste los cien rublos. Mi precio…
—Lo sé, lo sé, pero ¿qué se puede hacer ahora? —preguntó Nejliúdov—. He decidido que no te abandonaré —repitió— y haré lo que he dicho.
—¡Y yo digo que no lo harás! —gritó Máslova, y soltó una sonora carcajada.
—¡Katiusha! —empezó Nejliúdov, rozándole apenas una mano.
—Apártate de mÃ. Soy una condenada a trabajos forzados y tú eres un prÃncipe, y no tienes por qué estar aquà —gritó toda transformada por el odio, y retirando su mano—. Te quieres salvar por mediación mÃa —continuó apresurándose a decir cuanto habÃa surgido en su alma—. Te has aprovechado de mà para gozar en esta vida y ¡conmigo quieres salvarte en la otra! Me das asco con tus lentes y tu grasiento y repugnante morro. ¡Vete, vete de aquÃ! —gritó poniéndose en pie de un enérgico salto.
—¿A qué viene este escándalo? ¿Acaso está bien eso?
—Déjela, por favor —rogó Nejliúdov.
El carcelero se retiró de nuevo a la ventana.
Máslova volvió a sentarse, bajando los ojos, y apretó con fuerza los dedos cruzados de sus pequeñas manos.