Resurrección

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Nejliúdov frunció el ceño. Aquella nota era la continuación de esa artística labor que, desde hacía dos meses, llevaba a cabo la princesa Korcháguina, y que consistía en unirlo a ella cada vez más con unos lazos invisibles. Además de la indecisión habitual que experimentan ante el casamiento los hombres ya no muy jóvenes ni apasionadamente enamorados, Nejliúdov tenía otro importante motivo por el que —aun cuando se hubiera decidido— no podía declararse. No consistía, ni mucho menos, en que diez años antes sedujera a Katiusha, abandonándola. Eso lo había olvidado por completo, aunque tampoco lo hubiese considerado un impedimento para su matrimonio. El hecho era que sostenía relaciones con una mujer casada, y si bien habían sido rotas por su parte, la mujer no lo consideraba así.

Nejliúdov era muy tímido con las mujeres, y precisamente esa timidez le inspiró a aquella mujer casada el deseo de conquistarlo. Era la esposa del mariscal de la nobleza de una comarca donde Nejliúdov tenía fincas y en cuyas elecciones tomó parte. Esas relaciones le absorbían más cada día, aunque al mismo tiempo se le hacían penosas. Al principio, no pudo resistirse y se dejó llevar. Pero más tarde, sintiéndose culpable ante ella, no se decidía a romper sin su consentimiento. Éste era el motivo por el que Nejliúdov se consideraba sin derecho a pedir la mano de la princesa Korcháguina, aunque hubiese querido hacerlo.


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