Resurrección
Resurrección Máslova ya estaba allí, y salió de detrás de la reja silenciosa y sumisa. Se acercó a Nejliúdov y, mirando a otro sitio, dijo:
—Perdóneme, Dimitri Ivánovich, está mal lo que dije anteayer.
—No tengo nada que perdonarle… —empezó Nejliúdov.
—De todos modos, lo único que le pido es que me deje —añadió, y en los ojos, más bizcos que ordinariamente, Nejliúdov vio de nuevo una expresión tensa y malévola.
—¿Por qué tengo que dejarla?
—Porque sí.
Volvió a mirarle otra vez y, según le pareció, con la misma mirada aviesa.
—Déjeme, se lo digo de veras. No puedo seguir así. Es verdad, prefiero ahorcarme —dijo con los labios temblorosos y guardó silencio.
Nejliúdov se dio cuenta de que en aquella renuncia había odio hacia él, la ofensa sin perdonar, pero también había otra cosa buena e importante. La serenidad absoluta con que Máslova sostenía su anterior renuncia eliminó las dudas que habían surgido en el alma de Nejliúdov y le volvió a su anterior estado de seguridad, entusiasmo y ternura.