Resurrección
Resurrección —Katiusha, repito lo mismo que he dicho —pronunció con tono muy serio—. Te pido que te cases conmigo. Si no quieres, y mientras no quieras, lo mismo que antes, estaré donde tú estés, y me iré donde te lleven.
—Eso es asunto suyo, no voy a hablar más —exclamó, y sus labios temblaron otra vez.
También él guardaba silencio, no se encontraba con fuerzas para hablar.
—Ahora voy a la aldea y después iré a San Petersburgo —dijo, al fin repuesto—. Haré gestiones sobre su asunto, nuestro asunto, y si Dios quiere, anularán su condena.
—Si no la anulan, no me importa. Si no merezco el castigo por esto, lo merezco por otra cosa… —dijo, y vio el enorme esfuerzo que hizo Nejliúdov para contener las lágrimas—. ¿Ha visto a Menshov? —preguntó de pronto para ocultar su turbación—. ¿Verdad que no son culpables?
—No, creo que no.
—Es tan estupenda la viejecita —dijo.
Le contó todo lo que habÃa preguntado a Menshov, y le preguntó si necesitaba algo; ella respondió que no le hacÃa falta nada.
Otra vez guardaron silencio.
—En cuanto a la enfermerÃa —dijo de pronto, mirándole con sus ojos bizcos—, si usted quiere, iré. Y ya no beberé más vino…