Resurrección
Resurrección Nejliúdov, en silencio, le miró a los ojos. Los ojos de Katiusha sonreían.
—Eso está muy bien —añadió, y se despidió de ella.
«Sí, sí, ha cambiado, es otra persona», pensaba Nejliúdov, experimentando un sentimiento, después de las anteriores sospechas, completamente nuevo, que no había experimentado nunca, de seguridad y amor invencible.
* * *
Al volver después de este encuentro a la sala maloliente, Máslova se quitó el guardapolvo y se sentó en el catre, dejando caer las manos sobre las rodillas. En la sala estaban solamente la tuberculosa de Vladímir con el niño de pecho, la viejecita Menshova y la guardabarrera con sus dos niños. A la hija del diácono, como la víspera la habían declarado enferma mental, la habían enviado al hospital. Las demás mujeres estaban lavando ropa. La viejecita dormía tumbada en el catre; los niños estaban en el corredor, cuya puerta estaba abierta. La mujer del niño de pecho y la guardabarrera con su calceta, que no dejaba de tricotar con sus dedos ágiles, se acercaron a Máslova.
—Bueno, ¿os habéis visto?
Máslova, sin contestar, permanecía sentada en lo alto del catre, balanceando las piernas, que no llegaban al suelo.