Resurrección

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Además, Nejliúdov conocía esto, y sabía que era injusto y cruel, desde su época de estudiante, cuando profesaba y predicaba las enseñanzas de Henry George, y basado en esta doctrina había entregado a los campesinos la finca heredada de su padre, considerando la propiedad de la tierra un pecado, igual que ser dueño de siervos cincuenta años atrás. Cierto que después del servicio militar, cuando se acostumbró a gastar cerca de veinte mil rublos al mes, estas enseñanzas dejaron de ser obligatorias en su vida y se le olvidaron. Nunca se preguntaba sobre su relación con la propiedad, ni de dónde procedía el dinero que le mandaba su madre, y trataba de no pensar en eso. Pero la muerte de la madre le obligó a hacerse cargo de la herencia y disponer de sus bienes, es decir, de las tierras, y de nuevo se planteó el problema de la propiedad. Un mes antes, Nejliúdov hubiera dicho que no tenía fuerzas para cambiar el orden establecido de las cosas, que la finca no la administraba él, y se hubiera tranquilizado más o menos viviendo lejos y recibiendo las rentas. Ahora había decidido que, aunque le esperaba el viaje a Siberia y una complicada y penosa relación con el mundo de los presidiarios, para lo cual era imprescindible el dinero, de todos modos no podía dejar los asuntos en la forma primitiva, y debía cambiarlos aunque fuese en perjuicio suyo. Para ello, decidió no explotar la tierra, sino arrendársela a los campesinos a poco precio, para darles la posibilidad de no depender en absoluto de los propietarios. Más de una vez, al comparar la situación del dueño de unas tierras con la de los siervos, consideró que arrendar la tierra a los campesinos en vez de que la cultivaran como obreros era lo mismo que si un propietario de siervos les concediese la libertad a cambio de tributos.


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