Resurrección
Resurrección —¡Cómo que no haces daño! El verano pasado me rompiste los morros, y la cosa quedó así. Está claro que no puedo querellarme con un rico.
—Tú pórtate como es debido.
Resultaba evidente que se celebraba un torneo verbal, pero ninguna de las dos partes entendía muy bien por qué y para qué hablaban. Por un lado, se notaba la ira contenida por el miedo; por el otro, la conciencia de la superioridad y del poder. A Nejliúdov le resultaba penoso oír aquella conversación, trató de volver al asunto para establecer el precio y los plazos de pago.
—Entonces ¿qué me decís de la tierra? ¿La queréis o no? ¿Qué precio me ofrecéis?
—Usted es el propietario, ponga el precio.