Resurrección
Resurrección Todo se arregló como lo deseaba y esperaba Nejliúdov: los campesinos recibieron la tierra en un treinta por ciento más barato de como se arrendaba en los alrededores; su renta quedaba reducida a casi la mitad, pero le bastaba con mucho a Nejliúdov para sus necesidades, sobre todo, añadiendo la cantidad que acababa de recibir por la venta del bosque y la que recibiría por la maquinaria. Todo parecía que había resultado perfecto y, sin embargo, Nejliúdov sentía continuamente una especie de vergüenza. Se daba cuenta de que los campesinos, a pesar de que algunos le expresaban su gratitud, estaban descontentos y esperaban algo más. El resultado era que se había privado de mucho, pero no había hecho por los campesinos lo que ellos esperaban.
Al día siguiente, firmado el documento de cesión, acompañado por los viejos que habían sido elegidos, Nejliúdov, con un sentimiento desagradable de algo que no había terminado de hacer, despidiéndose de los campesinos que movían la cabeza confusos y descontentos, subió al elegante coche de tres caballos del administrador —como decía el cochero que le había traído— y se dirigió a la estación. Nejliúdov estaba descontento consigo mismo. No sabía por qué, pero todo el tiempo sentía tristeza y vergüenza.