Resurrección

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—Sí, le inscribieron con un número, pero murió inmediatamente. Ella me dijo: «Tan pronto como lo llevé, se murió».

—¿Quién?

—La misma mujer, que vivía en Skrodno, la llamaban Melania. Ahora ha muerto. Era una mujer lista. ¡Había que ver cómo hacía las cosas! A veces le llevaban un niño y lo recogía en su casa y lo alimentaba. Lo alimentaba, padrecito, hasta que reunía varios para llevarlos. En cuanto tenía tres o cuatro, los llevaba. Lo tenía muy bien preparado: un coche muy grande, parecido a una cama de matrimonio, y los ponía a uno y otro lado. El coche tenía un manillar. Así colocaba a cuatro o cinco criaturas, las cabecitas separadas para que no se golpeasen y los piececitos juntos, y los llevaba enseguida. Les metía un chupete en la boca y callaban.

—¿Y qué?

—Pues de esta forma llevó al niño de Katerina. Lo tuvo dos semanas en su casa, estando allí se puso enfermo.

—¿Era hermoso el niño? —preguntó Nejliúdov.

—Lo era tanto, que hubiera merecido mejor suerte. Era igual que tú —añadió la vieja, guiñando sus ojos de anciana.

—¿Por qué enfermó? Sin duda, le alimentaría mal.


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