Resurrección

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—Verás lo que tengo que preguntarte: ¿Recuerdas a Katiusha Máslova?

—¿A Katerina? Cómo no voy a recordarla, si es sobrina mía… ¡Cómo no voy a recordarla! He derramado más de una lágrima por ella. Si estoy enterada de todo. Pero, padrecito, ¿quién no peca ante Dios ni es culpable ante el zar? Son cosas que ocurren en la juventud. ¡Qué se le va a hacer! Tú no la has abandonado: la gratificaste con cien rublos. ¿Y qué hizo ella? No he podido hacerla entrar en razón. Si me hubiera hecho caso, podía haber vivido bien. Aunque sea mi sobrina, tengo que decir la verdad, es una muchacha de cascos ligeros. Después yo le busqué una buena colocación, pero no quiso someterse e insultó al amo. ¿Acaso podemos insultar a los amos? Pues bien, la echaron. Luego pudo quedarse en casa del inspector forestal, y no quiso.

—Quería preguntarte sobre el niño. ¿Fue aquí donde dio a luz? ¿Dónde está el niño?

—Del niño, padrecito, me ocupé yo misma. Ella estaba muy enferma, creí que no se levantaría de la cama. Bauticé al niño, como es debido, y lo envié al hospicio. No iba a hacer sufrir al angelito cuando muriese la madre. Otras lo hacen así, dejan a la criatura sin alimentar hasta que se muere. Pero yo pensé que era mejor tomarme la molestia de enviarlo al hospicio. Había dinero, y pudimos hacerlo.

—¿Le dieron un número?


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