Resurrección
Resurrección —Quisiera hablarle a solas —dijo Nejliúdov, mirando la puerta abierta, donde estaban los niños y, detrás de éstos, una mujer delgada, con el rostro consumido, pero sonriente, y con un niño envuelto en una mantilla de trozos.
—¿Qué es lo que queréis? ¡Os voy a dar una! ¡Dame mi cayado! —gritó la vieja a los que estaban en la puerta—. ¿Queréis cerrar esa puerta?
Los niños se alejaron, la mujer de la criatura en brazos cerró la puerta.
—Yo me preguntaba ¿quién ha venido? Y es el amo en persona, mi rey, no me canso de mirarte —decÃa la vieja—. Hay que ver dónde has venido, no te ha dado asco. ¡Eres una joya! Siéntate aquÃ, excelencia, en el banco —decÃa mientras limpiaba el banco con su falda—. Y yo pensaba: «¿Y quién diablos se mete aquÃ?», y eras tú, excelencia, mi buen señor, nuestro amo, nuestro bienhechor. Perdóname, soy una vieja tonta, estoy casi ciega.
Nejliúdov se sentó, la vieja se puso en pie frente a él, se colocó la mano derecha en la mejilla y con la izquierda se sujetó el codo puntiagudo del brazo derecho, y empezó a hablar con voz cantarina.
—Vaya si has envejecido, excelencia. Eras un buen mozo, pero lo que es ahora… Por lo visto, también tienes preocupaciones…