Resurrección

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Al llegar a la isbá de Matriona, Nejliúdov despidió a los chicos, pasó al zaguán y entró en la isbá. La vivienda de la vieja Matriona era de seis arshines de largo, de tal forma que, sobre la cama que estaba entre el fogón y la pared, una persona de gran estatura no podía estirarse. «En esta misma cama —pensó Nejliúdov— ha dado a luz y ha estado después enferma Katiusha.» En el momento en que entró Nejliúdov dándose un golpe en la cabeza con el marco de la puerta, la vieja estaba arreglando la isbá con su nieta mayor. Detrás de él entraron otros dos nietos, se detuvieron en la puerta y se agarraron con las manos al marco.

—¿A quién busca? —preguntó enfadada la vieja, con mala disposición de ánimo por estar desarreglados todos los trastos de la casa. Además como vendía vino clandestinamente, tenía miedo a la gente desconocida.

—Soy el amo. Quiero hablar con usted.

La vieja guardó silencio, miró fijamente y luego, de pronto, se transformó completamente.

—¡Ay, querido! Soy una tonta, no te había conocido. Creí que era alguien que iba de paso —empezó a hablar con voz de afectado cariño—. ¡Ay! Querido, querido.


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