Resurrección
Resurrección Enseguida buscó en un gran cajón de la mesa, donde estaban los papeles urgentes, la citación del Juzgado. En ella se le comunicaba que tenía que estar en el Juzgado a las once. Nejliúdov se sentó a escribir una nota a la princesa, en la que le agradecía la invitación y le prometía hacer lo posible para asistir a la comida. Pero una vez escrita, la rompió porque le resultaba demasiado íntima. Redactó otra, que le pareció fría y casi ofensiva. La rompió también, y tocó el timbre. En la puerta apareció un lacayo de edad, rostro afeitado, grandes patillas, aspecto severo, con un delantal gris.
—Por favor, mande a buscar un cochero.
—Está bien, señor.
—Diga también a la doncella de los Korchaguin, que está esperando, que les agradezco la invitación y que haré lo posible por ir.
—Está bien, señor.
«Es una descortesía, pero no puedo escribirle. Es igual, la veré luego», pensó Nejliúdov, y fue a vestirse.
Cuando salió a la escalinata, ya le esperaba un cochero conocido. El carruaje tenía llantas de goma.