Resurrección
Resurrección —¡Vaya si es astuto! —decÃa, montado en una yegua bien alimentada, un campesino moreno de barba hirsuta, que nunca habÃa sido peinada, a otro campesino viejo y delgado, con un caftán roto, que cabalgaba a su lado y hacÃa sonar unas trabas de hierro.
Los campesinos llevaban a pastar a sus caballos de noche, a escondidas, en el bosque del propietario.
—Te dará la tierra gratis, con tal de que firmes. Como si hubieran engañado pocas veces a nuestros hermanos. No, amigo, te equivocas, ahora nosotros también comprendemos —añadió y se puso a llamar al potrillo, que se habÃa quedado rezagado—. ¡Caballito! ¡Caballito! —gritó deteniendo la yegua y mirando hacia atrás, pero el potrillo no estaba atrás, sino a un lado; se habÃa metido en un prado.
—MÃralo, se ha metido, ¡maldito animal!, en el prado del amo —dijo el campesino moreno de la barba hirsuta, al oÃr los relinchos del potrillo que trotaba por el prado cubierto de rocÃo y que olÃa agradablemente a tierra mojada.
—Mira, se están cubriendo los prados de mala hierba, habrá que mandar a las mujeres en dÃa de fiesta a arrancarla —dijo el campesino delgado del caftán roto—, de lo contrario, se va a poner imposible.
—Firma, dice —continuó el hombre de la barba hirsuta su opinión sobre el discurso del amo—. Si firmas, te come vivo.