Resurrección
Resurrección Recordó cómo en Kuzmínskoye se había apoderado de él la tentación y empezó a darle lástima renunciar a la casa, al bosque, a las propiedades, a la tierra, y se preguntó si ahora sentía pena. Y hasta le resultó extraño que hubiera podido sentirlo. Recordó todo lo que acababa de ver: la mujer con niños y sin marido, encerrado en presidio por haber talado unos árboles de su propiedad; la horrible Matriona, que consideraba o, al menos, decía que las mujeres de su condición debían entregarse como amantes a los señores; su relación con los niños que enviaba al hospicio, y ese niño desgraciado, con cara de viejo, medio muerto de hambre y envuelto en la mantilla de retales; la embarazada, aquella mujer débil, a la que tenía que obligar a trabajar para él, porque, agotada por el trabajo, no había vigilado su vaca hambrienta. Inmediatamente le vino a la memoria la prisión, las cabezas afeitadas, el olor repugnante, las salas, las cadenas y, junto a esto, el enorme lujo de su propia existencia y de todos los señores de la capital, de la gran vida de los señores. Todo resultaba claro y no admitía dudas.
La luna clara, casi llena, se alzó detrás de la cuadra, el patio se cubrió de sombras negras y brilló el hierro del tejado de la casa derruida.
Como si quisiera aprovechar esa luz, el ruiseñor silbó y lanzó sus trinos desde el jardín.