Resurrección
Resurrección Ante todo, Nejliúdov expuso su punto de vista acerca de la propiedad de la tierra.
—A mi juicio —dijo—, la tierra no puede ni venderse ni comprarse, porque si se vende, entonces los que tienen dinero la comprarÃan y cogerÃan de los que no lo tienen lo que quieran, por el derecho de beneficiarse de ella. CobrarÃan por el mero hecho de permanecer sobre ella —añadió, aprovechándose del argumento de Spencer.
—Existe un remedio: ponerse unas alas y volar —dijo el viejo de los ojos risueños y la barba blanca.
—Eso es cierto —intervino el hombre narigudo, con voz de bajo profundo.
—Exactamente —intervino el ex soldado.
—Si cogen a una mujer arrancando un puñado de hierba para la vaca, la llevan al presidio —exclamó el viejo de aspecto bondadoso.
—La tierra del amo ocupa cinco verstas a la redonda, pero no es posible arrendarla por el precio que le ponen —añadió con enfado el viejo desdentado—. Hacen con nosotros lo que les da la gana, peor que cuando existÃa la jornada de trabajo para el señor.
—Yo pienso igual que vosotros —dijo Nejliúdov— y considero que es un pecado tener tierras. Por eso os las quiero ceder.