Resurrección

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—Exactamente —se apresuró a confirmar el ex soldado.

—Entonces hay que prohibir que vendan las tierras; que cada uno trabaje la suya —argumentó el fumista, interrumpiendo con enfado al ex soldado.

A esto, Nejliúdov replicó que no se podía comprobar si uno iba a cultivar la tierra para sí o para otro.

Entonces el campesino alto y sensato propuso que debían formarse cooperativas para que todos cultivasen.

—Y repartir los beneficios entre los que cultiven. Al que no cultive, no darle nada —dijo con su resuelta voz de bajo.

A este argumento comunista, Nejliúdov también tenía preparadas sus respuestas, y replicó que para eso era necesario que todos tuvieran arados y caballos iguales, que unos no se diferenciaran de otros, o bien que todo —caballos, arados, trilladoras y herramientas— fuera de la comunidad, y que para organizar eso era preciso que todos estuvieran de acuerdo.

—Nuestro pueblo no aceptará eso en la vida —dijo el viejo enfadado.

—Se organizarían continuamente peleas —intervino el viejo de la barba blanca y los ojos risueños—. Las mujeres se sacarían los ojos las unas a las otras.

—Además, ¿cómo repartir la tierra equitativamente? —preguntó Nejliúdov—. ¿Por qué les correspondería a unos tierra fértil y a otros arcilla y arena?


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