Resurrección

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Estos hombres estaban convencidos, indudablemente, de que su esfuerzo por engañar a la gente que no entendía en la venta de sus mercancías constituía una ocupación muy útil. El mismo aspecto de bien alimentados tenían los cocheros, con sus enormes posaderas y botones en la espalda; los porteros, con sus gorras de galones; las doncellas, con sus delantales y sus cabellos rizados y, sobre todo, los cocheros de punto, con las nucas rapadas, sentados indolentes en los pescantes mirando a los que pasaban con desprecio y perversidad. Ahora, sin querer, veía en todos ellos a la gente de la aldea, privada de tierra, y por este motivo desterrada a la ciudad. Algunas de estas gentes habían sabido aprovecharse de las condiciones de la ciudad, se habían vuelto igual que los señores y se alegraban de su situación; otros seguían en peores condiciones que en la aldea, y llevaban una existencia más mísera aún. Así de miserables le parecieron a Nejliúdov aquellos zapateros remendones que vio trabajar por la ventana de un sótano; las lavanderas, delgadas, pálidas, con los cabellos en desorden, con los brazos huesudos al aire, que planchaban delante de las ventanas, de las que salía un vaho jabonoso; dos pintores de brocha gorda, con delantal y botas sobre los pies descalzos, manchados de pintura de arriba abajo, a los que había encontrado Nejliúdov. Remangados por encima del codo, los brazos curtidos, débiles y surcados por venas, llevaban cubos de pintura y reñían sin cesar. Sus rostros estaban extenuados y malhumorados. La misma expresión tenían unos carreteros de caras bronceadas y cubiertas de polvo, que pasaban en sus tambaleantes carros. Así eran los hombres y las mujeres, con caras abotagadas, harapientos, rodeados de niños, que permanecían en las esquinas de las calles pidiendo limosna. Las mismas caras se veían por las ventanas abiertas de la taberna, ante la cual pasaba Nejliúdov. Junto a unas mesitas sucias, llenas de botellas y servicios de té, entre las cuales se movían unos mozos con delantal blanco, permanecían sentados, gritando y cantando, hombres sudorosos con la cara encendida y expresión atontada. Uno estaba sentado ante la ventana, con las cejas enarcadas y los labios estirados hacia fuera, como si tratase de recordar algo.


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