Resurrección
Resurrección «¿Para qué se habrán reunido todos aquí?», pensó Nejliúdov, aspirando sin querer el polvo que arrastraba el aire frío y el olor esparcido por todas partes del aceite amargo de la pintura fresca.
En una de las calles se cruzó con un grupo de carros que transportaban barras de hierro, con tal estrépito que le empezaron a doler los oídos y la cabeza. Apretó el paso para adelantar a los carros, cuando de pronto, entre el estrépito del hierro, oyó su nombre. Se detuvo y vio a poca distancia delante de él a un militar de finos y engomados bigotes, con el rostro brillante y reluciente, desde un coche. Le hacía señas con la mano, mostrando una sonrisa de dientes blanquísimos.
—¡Nejliúdov! Pero ¿eres tú?
El primer sentimiento de Nejliúdov fue de alegría.
—¡Ah! ¡Shembok! —exclamó alegremente, pero enseguida se dio cuenta de que no había por qué alegrarse.
Era aquel mismo Shembok que había ido entonces a buscarle a casa de sus tías. Nejliúdov le perdió de vista hacía mucho tiempo, pero oyó decir de él que, a pesar de sus deudas, al abandonar el regimiento se había quedado en el cuerpo de caballería y, así y todo, se mantenía no se sabe por qué medios, en el mundo de las gentes adineradas. Su aspecto, alegre y satisfecho, lo confirmaba.