Resurrección
Resurrección —¡Qué bien que te he encontrado! No hay nadie en la ciudad. Vaya, hermano, has envejecido —decÃa mientras se bajaba del coche y se erguÃa—. Te he reconocido por tu forma de andar. Bueno ¿comemos juntos? ¿Dónde se puede comer decentemente aquÃ?
—No sé si me dará tiempo —respondió Nejliúdov, pensando sólo en la forma de alejarse de su camarada sin ofenderle—. ¿Qué haces aqu� —le preguntó.
—Me trae un asunto, hermano. Una cuestión de tutela. Soy tutor ¿sabes? Llevo los asuntos de Samánov. Lo conoces, el ricachón. Es un imbécil. Pero tiene cincuenta y cuatro mil desiatinas de tierra —dijo con cierto orgullo especial, como si él mismo hubiera hecho aquellas desiatinas—. Las cosas estaban tremendamente abandonadas. La tierra en manos de los campesinos. No pagan nada, habÃa más de ochenta mil rublos de déficit. Lo he cambiado todo en un año y he conseguido un beneficio de más del setenta por ciento. ¿Eh? ¿Qué te parece? —preguntó con orgullo.
Nejliúdov recordó haber oÃdo que Shembok, precisamente por haber despilfarrado toda su fortuna y haber contraÃdo unas deudas enormes, por una buena influencia fue nombrado administrador de los bienes de un viejo ricachón y ahora, sin duda, vivÃa de esa tutela.