Resurrección
Resurrección «¿Cómo me libraré de él sin ofenderle?», pensaba Nejliúdov mientras miraba su rostro reluciente y sanguíneo, de tiesos bigotes, y escuchaba su alegre charla sobre dónde daban bien de comer y el enorgullecimiento de cómo había arreglado las cosas de la tutela.
—Bueno ¿dónde vamos a comer?
—No tengo tiempo —dijo Nejliúdov, mirando el reloj.
—Entonces, verás. Esta noche hay carreras, ¿vas a ir?
—No, no iré.
—Ven. No tengo caballos propios. Pero apuesto por los caballos de Grishin. ¿Recuerdas? Tiene una buena cuadra. Entonces, ven. Cenaremos juntos.
—No puedo ir a cenar —respondió sonriendo Nejliúdov.
—¿Y eso, por qué? ¿Dónde vas ahora? Si quieres, te llevo.
—Voy a casa del abogado. Vive a la vuelta —respondió Nejliúdov.
—Sí, parece que haces algo en la prisión. ¿Te has convertido en intermediario de los presos? Me lo dijeron los Korchaguin —dijo Shembok riéndose—. Ya se han marchado. ¿De qué se trata? Cuéntame.
—Sí, sí, todo es verdad —contestó Nejliúdov—. ¿Qué quieres que te cuente en la calle?