Resurrección
Resurrección —Siempre has sido un hombre extravagante. ¿Vendrás entonces a las carreras?
—Pues no, ni puedo, ni quiero. No te enfades.
—¡Cómo voy a enfadarme! ¿Dónde te hospedas? —preguntó, y de pronto su cara se puso seria, se le pararon los ojos en un punto fijo y enarcó las cejas. Sin duda, quería recordar algo, y Nejliúdov vio en él la misma expresión torpe que la del hombre de las cejas enarcadas y los labios hacia adelante, que le había chocado en la ventana de la taberna.
—¡Vaya frío que hace! ¿Eh?
—Sí, sí.
—¿Llevas los paquetes? —preguntó volviéndose al cochero—. Bueno, adiós; me alegro mucho, mucho, de haberte encontrado —dijo Shembok, y apretó con fuerza la mano de Nejliúdov. Saltó al carruaje y, moviendo la ancha mano metida en un guante de cabritilla, blanco y nuevo, sonrió según costumbre y dejó ver sus dientes blanquísimos.
«¿Acaso yo era así? —pensaba Nejliúdov continuando su camino a casa del abogado—. Sí, aunque no era exactamente igual, pero quería ser así y pensaba que de este modo me pasaría la vida.»