Resurrección
Resurrección De una de las puertas salió la viejecita enfermera y detrás de ella, Máslova. Llevaba un delantal blanco sobre un vestido de rayas; en la cabeza, un pañuelo, que le ocultaba los cabellos. Al ver a Nejliúdov, enrojeció, se detuvo como indecisa; después, frunciendo el ceño, y con los ojos bajos, se dirigió hacia él con pasos rápidos por la esterilla del pasillo. Al acercarse a Nejliúdov quiso no estrecharle la mano, luego se la dio y enrojeció más aún. Nejliúdov no la había visto desde el día de aquella conversación en que le había pedido perdón por su arrebato, y esperaba encontrarla igual que entonces. Pero ahora estaba completamente distinta, y en la expresión de su cara había algo nuevo: un sentimiento reprimido, timidez y, según le pareció a Nejliúdov, hostilidad hacia él. Le dijo lo mismo que le había dicho al médico, que iba a San Petersburgo, y le entregó la fotografía que había traído de Pánovo.
—La he encontrado en Pánovo, una foto antiquísima, tal vez le agrade. Quédesela.
Levantando sus cejas negras, le miró extrañada con sus ojos bizcos, como preguntándole para qué le daba la fotografía, y en silencio, se metió el sobre detrás del delantal.
—He visto allí a su tía —dijo Nejliúdov.
—¿La ha visto? —preguntó con indiferencia.