Resurrección
Resurrección «¿Qué le sucede? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Quiere probarme o realmente no me puede perdonar? ¿No puede decir todo lo que piensa y siente, o no quiere? ¿Se ha dulcificado, o se ha endurecido?», se preguntaba Nejliúdov y no encontraba respuestas. Únicamente estaba seguro de que había cambiado y en su alma se operaba una importante transformación para ella. Esta transformación le unía no sólo a ella, sino a aquel en virtud de quien se estaba realizando. Y este sentimiento de unión le hizo experimentar una sensación de alegría excitante y de ternura.
Al volver a la sala, donde había ocho camitas infantiles, Máslova se puso a hacer una de las camas por orden de la monja, y volviéndose demasiado al colocar la sabanita, estuvo a punto de caerse al suelo. Un niño convaleciente, con el cuello vendado, que la estaba mirando, se echó a reír. Máslova, sin poderse contener más, se sentó en la cama y soltó una sonora carcajada, tan contagiosa que unos cuantos niños se echaron a reír. Y la monja le gritó enfadada:
—¿De qué te ríes? ¡A ver si te crees que estás donde estabas! Vete a buscar las raciones.