Resurrección
Resurrección Máslova guardó silencio. Cogió los platos y fue donde la habÃan mandado, pero cruzando una mirada con el niño de la venda —a quien le estaba prohibido reÃr—, soltó una carcajada. En el transcurso del dÃa, tan pronto como se quedaba sola, miraba la fotografÃa entreabriendo el sobre y se deleitaba mirándola. Pero sólo por la noche, después de la guardia, estando sola en la habitación donde dormÃa con otra enfermera, Máslova sacaba la fotografÃa. Durante largo rato, inmóvil, acariciaba con los ojos cada detalle mÃnimo de las caras, de los trajes, de los peldaños que conducÃan al balcón y de los matorrales en cuyo fondo aparecÃa él, ella y las tÃas. Miraba la descolorida fotografÃa y no podÃa dejar de admirar, sobre todo, su propia imagen, con una bonita cara joven y con los cabellos rizados en torno a la frente. Estaba tan embebida que no se habÃa dado cuenta de que su compañera enfermera habÃa entrado en la habitación.
—¿Qué es eso? ¿Te lo ha dado él? —preguntó la gruesa y bonachona enfermera, inclinándose sobre la fotografÃa—. Pero ¿es posible que ésta seas tú?
—¿Y qué te crees? —dijo Máslova, sonriendo y mirando la cara de su compañera.
—¿Y éste quién es? ¿Es él? ¿Y ésta es su madre?
—Una tÃa suya. ¿Acaso no me hubieras reconocido? —preguntó Máslova.