Resurrección
Resurrección —¡Cómo te iba a reconocer! Por nada del mundo lo hubiera hecho. Tienes la cara completamente distinta. Creo que hace diez años de eso, ¿no?
—No son los años, sino la vida —dijo Máslova, y repentinamente desapareció su animación. El rostro se le puso sombrío y las arrugas se intensificaron entre las cejas.
—¿Y por qué? La vida allí debía ser fácil.
—Sí, fácil… —repitió Máslova cerrando los ojos y moviendo la cabeza—. Peor que la de trabajos forzados.
—¿Y por qué?
—Porque empezaba a las ocho de la tarde hasta las cuatro de la madrugada. Así todos los días.
—¿Y por qué no lo dejaste?