Resurrección
Resurrección —Quería hacerlo, pero era imposible. ¡Para qué hablar! —dijo Máslova, se levantó de un salto, tiró la fotografía al cajón de la mesita, conteniendo a la fuerza lágrimas de ira, salió corriendo al pasillo y cerró la puerta de un golpe. Mirando la fotografía se sentía tal como aparecía en ella, y pensaba en lo feliz que era entonces y en lo feliz que podía haber seguido siendo. Las palabras de su compañera le recordaron lo que era ahora y lo que fue allí; le recordaba todo el horror de aquella vida, del que entonces se daba cuenta vagamente, pero que no se permitía reconocer. Sólo ahora recordó vivamente todas aquellas espantosas noches y en particular una de Carnaval, cuando esperaba a un estudiante que le había prometido sacarla de allí. Recordó cómo con un vestido escotado de seda roja, manchado de vino, con un lazo rojo en los cabellos despeinados, cansada, agotada y borracha, acompañaba a los clientes hasta las dos de la madrugada. En un descanso durante el baile se sentó junto a la acompañante del violinista, una muchacha delgada, huesuda y llena de granos, y empezó a quejarse de su penosa vida; recordó cómo la acompañante también le dijo que su situación era angustiosa y cómo se les acercó Clara y cómo las tres de pronto decidieron abandonar aquella vida. Creyeron que aquella noche ya había terminado y querían retirarse, cuando de repente se oyó en el recibimiento la llegada de clientes borrachos… El violinista tocó un ritornello, la acompañante aporreó al piano una alegre canción rusa para la primera figura de la cuadrilla; recordó cómo un hombre de pequeña estatura, sudoroso, oliendo a vino e hipando, con corbata blanca y frac, que se quitó, se abrazó a ella; otro hombre grueso, también de frac —venían de un baile— se aferró a Clara, y recordó cómo durante mucho tiempo dieron vueltas, bailaron, gritaron, bebieron… Así pasó un año, dos, tres. ¡Cómo no haber cambiado! Y la causa de todo fue él. Y de repente se sintió otra vez invadida de maldad hacia Nejliúdov, tenía ganas de reñirle y reprocharle por aquello. Lamentó haber perdido la ocasión de haberle dicho una vez más que le conocía y que no se sometería a él, que no le permitiría aprovecharse moralmente de ella como se había aprovechado corporalmente, ni estaba dispuesta a ser objeto de su magnanimidad. Para ahogar ese sentimiento atormentador de lástima hacia sí misma y de reproche inútil hacia él, tuvo ganas de beber vino. Y no hubiera mantenido la palabra y lo hubiera hecho de encontrarse en prisión. Aquí no se podía lograr vino más que por medio del practicante, y le tenía miedo porque la asediaba. Las relaciones con los hombres le resultaban repugnantes. Después de permanecer sentada en el banco del pasillo, volvió a la habitación. Sin responder a su compañera, lloró largo rato por su estúpida vida.