Resurrección

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Desde la última visita a Máslennikov y, sobre todo, después de su viaje a la aldea, sin habérselo propuesto, sentía una verdadera repulsión hacia el ambiente en que había vivido hasta entonces, donde con tanto cuidado se ocultaban los sufrimientos de millones de seres para las comodidades y los placeres de un pequeño número que no veían ni podían ver esos sufrimientos, ni la crueldad y el crimen de sus vidas. Nejliúdov ya no podía frecuentar ese ambiente sin sentirse incómodo ni hacerse reproches. Sin embargo, ese ambiente había penetrado en las costumbres de su vida pasada, en las reacciones de sus parientes y amigos y, sobre todo, para llevar a cabo lo que le ocupaba ahora —ayudar a Máslova y a todos aquellos que sufrían y a quienes quería ayudar— tenía que pedir ayuda y favores a la gente de este mundo, a quienes no sólo no respetaba, sino que a menudo provocaban su indignación y desprecio.

Al llegar a San Petersburgo se detuvo en casa de su tía materna, la condesa Chárskaya, esposa de un ex ministro.

Nejliúdov se vio inmediatamente inmerso en el corazón mismo de la aristocracia, que le resultaba ahora tan ajena. Esto le era desagradable, pero no podía actuar de otra forma. Parar en un hotel en vez de en casa de su tía significaría ofenderla. Además, su tía tenía grandes relaciones y podía resultarle muy útil en todos los asuntos que se proponía gestionar.


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