Resurrección
Resurrección En primer lugar marchó a casa de Mariette. La había conocido de adolescente, hija de una familia aristocrática sin medios, sabía que se casó con un hombre que hizo su carrera y del que había oído decir cosas tremendas. Sobre todo, oyó decir que era despiadado con cientos y miles de presos políticos, a los que se dedicaba a atormentar como principal obligación. Como siempre, a Nejliúdov le resultaba tremendamente penoso que para poder ayudar a los oprimidos tuviera que ponerse del lado de los opresores, como si reconociera su actividad legal al dirigirse a ellos con la petición de que se abstuvieran un poco, al menos, en sus crueldades habituales y probablemente inadvertidas para ellos. En estos casos, Nejliúdov experimentaba siempre un desconcierto interior, el descontento de sí mismo y la duda: debía o no pedir; pero siempre consideraba que era necesario hacerlo. El caso es que se sentiría incómodo, le daría vergüenza y le resultaría desagradable estar con Mariette y su marido, pero tal vez a cambio, la desgraciada mujer que estaba recluida en soledad sería puesta en libertad y dejarían de sufrir ella y sus parientes. Aparte de que sentía la falsedad de su situación como solicitante entre estas gentes a las cuales ya no pertenecía —aunque a él le consideraban suyo—, al encontrarse en esta sociedad comprendía que entraba en la vida de antes y que involuntariamente se dejaba llevar por el ambiente frívolo e inmoral que reinaba en este medio. Esto ya lo había experimentado en casa de su tía Katerina Ivánovna. Aquella mañana, al tratar con ella de los asuntos más serios, había caído en un tono bromista.