Resurrección
Resurrección En general San Petersburgo, donde había estado hacía mucho tiempo, produjo en él impresión de bienestar físico y sensación de ahogo interior. Todo estaba tan limpio, tan cómodo, tan bien arreglado y, sobre todo, la gente exigía tan poco moralmente, que la vida parecía especialmente fácil.
Un arrogante cochero, pulcro y educado, le llevó a través de elegantes y pulcros guardias por una magnífica y regada calle, a lo largo de casas estupendas y limpias, hacia la mansión que estaba junto al canal, en la que vivía Mariette.
A la entrada había un coche con dos caballos ingleses enganchados. En el pescante estaba sentado el cochero —que parecía inglés—, con unas patillas hasta media mejilla, vestido de librea, con una fusta en la mano y aire orgulloso.
El portero, con impecable librea, abrió la puerta que daba al vestíbulo, donde había un lacayo para recibir a las visitas. Llevaba una librea más pulcra todavía y galones, y unas magníficas patillas bien peinadas. También había un soldado de centinela, con uniforme nuevo, limpio, y bayoneta calada.
—El general no recibe. La generala, tampoco. Van a salir ahora mismo.