Resurrección

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Nejliúdov entregó la carta de la condesa Katerina Ivánovna y, sacando una tarjeta, se acercó a la mesita sobre la que estaba el libro para inscribir a las visitas y empezó a escribir que lamentaba mucho no haberla encontrado, cuando el lacayo se dirigió a la escalera y el portero salió a la escalerilla gritando: «¡Acerca el coche!», y el centinela se puso firme, con las manos en las costuras del pantalón, y quedó como petrificado y recibió y acompañó con la mirada a una señora delgada y de poca estatura. La señora descendía la escalera con pasos rápidos, que no correspondían a su porte distinguido.

Mariette llevaba un gran sombrero con una pluma y un vestido negro, capa y guantes nuevos del mismo color, tenía la cara cubierta por un velo.

Al ver a Nejliúdov, se levantó el velo, descubrió su bonito rostro de ojos brillantes y le miró interrogativamente.

—¡Ah, príncipe Dimitri Ivánovich! —exclamó con voz alegre y simpática—. Le habría reconocido…

—¿Cómo? ¿Recuerda incluso mi nombre?

—¡Cómo no! Mi hermana y yo estuvimos incluso enamoradas de usted —empezó a decir en francés—. Pero ¡cómo ha cambiado usted! ¡Ay! Qué lástima que tenga que marcharme. Sin embargo, vamos a subir —dijo, deteniéndose indecisa.

Miró el reloj de pared.


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