Resurrección
Resurrección Guardó silencio, y por sus mejillas resbalaron lágrimas auténticas. Desde hacía ocho años, cada vez que llegaba a este pasaje de una de sus conferencias que le gustaba mucho, sentía un espasmo en la garganta, picor en la nariz, y de sus ojos fluían lágrimas. Y esas lágrimas le conmovían todavía más. En la habitación se oyeron sollozos. La condesa Katerina Ivánovna estaba sentada junto a una mesita de mosaico, la cabeza apoyada en ambas manos y sus hombros gruesos se estremecían. El cochero miraba con extrañeza y miedo al alemán, como si estuviera a punto de atropellarle y aquél no se apartara. La mayoría permanecía sentada en idéntica postura a la de la condesa Katerina Ivánovna. La hija de Wolf, parecida a su padre, vestida a la moda, permanecía de rodillas con el rostro oculto entre las manos.
De repente, el orador se quitó las manos de la cara y con una sonrisa parecida a la de los actores cuando quieren expresar alegría, con voz dulce y tierna, empezó a decir:
—Sin embargo, la salvación existe. Es fácil, ligera, alegre. Esta salvación está en la sangre derramada por el único Hijo de Dios, que se sacrificó por nosotros. Sus sufrimientos y su sangre nos salvan. Hermanos y hermanas —dijo otra vez con voz lacrimosa—, demos gracias a Dios por haber sacrificado a su único Hijo para redimir al género humano. Su preciosa sangre…