Resurrección

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Por la noche, después de la cena, colocaron filas de sillas con altos respaldos tallados, y ante la mesa, una butaca y una jarra con agua para el predicador Kiesewetter, que acababa de llegar.

Al lado de la escalinata se estacionaron coches lujosos. En la sala, ricamente amueblada, se hallaban sentadas señoras con trajes de seda, terciopelo, encajes, peinados postizos y talles apretados. Entre ellas había también hombres —militares y paisanos— y cinco personas del pueblo: dos porteros, un tendero, un lacayo y un cochero.

Kiesewetter, un hombre robusto y canoso, hablaba en inglés, y una joven delgada que llevaba lentes traducía bien y con rapidez.

Decía que los pecados de los hombres son tan grandes, y su castigo tan enorme e inevitable, que no se podía vivir esperando ese castigo.

—Pensemos únicamente, queridas hermanas y hermanos, en lo que hacemos, cómo vivimos, y en la ira que provocamos ante el altísimo Dios, cómo obligamos a sufrir a Cristo, y comprendemos que no tenemos perdón ni salvación, que estamos condenados a perecer. Nos esperan unos tormentos eternos y espantosos —decía con voz temblorosa y llorosa—. ¿Cómo salvarse? Hermanos, ¿cómo salvarse de este horrible incendio? Las llamas envuelven la casa, y ya no hay salida.


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