Resurrección
Resurrección Los magistrados eran cuatro: El presidente, Nikitin, un hombre de cara alargada, afeitada y mirada metálica; Wolf, con sus labios significativamente apretados y unas manitas blancas con las que hojeaba el expediente; después, Skovoródnikov, un hombre grueso, pesado, picado de viruelas, un jurista sabio; y el cuarto, Be, el mismo viejecito patriarcal que había llegado el último. Junto con los magistrados salieron el secretario y el fiscal, un hombre de mediana estatura, joven, enjuto, afeitado, con la tez muy oscura y ojos negros y tristes. Nejliúdov inmediatamente —a pesar del extraño atuendo que llevaba y de que hacía seis años que no le veía— reconoció en él a uno de sus mejores amigos de la época estudiantil.
—¿El fiscal general se llama Selenin? —preguntó al abogado.
—Sí, ¿por qué?
—Le conozco muy bien, es un hombre estupendo…
—Y un buen fiscal general, muy activo. Había que haberse dirigido a él —dijo Fanarin.
—En cualquier caso obrará en conciencia —respondió Nejliúdov, recordando su relación íntima y su amistad con Selenin y sus buenas cualidades de pureza, honradez y decencia, en el mejor sentido de la palabra.
—Ahora ya no hay tiempo —susurró Fanarin, y se puso a escuchar el informe que habían comenzado a leer.