Resurrección

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—Éste es Be, un hombre dignísimo —dijo Fanarin a Nejliúdov y, presentándole a su colega, contó el caso, muy interesante a su juicio, que debía verse aquella mañana.

La sesión empezó pronto, y Nejliúdov, con el público, entró en la sala de audiencia. Todos, incluido Fanarin, pasaron al otro lado de la barandilla y se sentaron en el sitio del público. Sólo el abogado de San Petersburgo se sentó en el estrado, delante de la barandilla.

La sala de audiencia del Tribunal Supremo era más pequeña que la del Juzgado del distrito, más sencilla, y se diferenciaba sólo en que la mesa ante la que estaban sentados los magistrados estaba cubierta no con un paño verde, sino de terciopelo rojo adornado de galones rojos, pero eran los mismos atributos de la Justicia: las insignias imperiales, varios iconos y el retrato del emperador. El ujier anunció con la misma solemnidad que allí: «Audiencia pública: ¡el Tribunal!». De la misma forma se pusieron todos en pie, entraron los magistrados con sus togas puestas, tomaron asiento en unos sillones de respaldos altos y se acodaron igualmente en la mesa, tratando de tener un aspecto natural.



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