Resurrección

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El viejecito de cabellos blancos pasó al armario y desapareció en su interior. En aquel momento, Fanarin, viendo a un compañero suyo, un abogado con corbata blanca y frac, entabló inmediatamente una animada charla con él. Nejliúdov, mientras tanto, se puso a observar a los que había en la habitación.

Habría alrededor de quince personas, entre ellas dos señoras, una con lentes y otra con el pelo blanco. Se revisaba una causa de difamación en la prensa, y por eso se había congregado más público del habitual. Todos los presentes pertenecían al mundillo periodístico.

El ujier, un hombre apuesto y de buenos colores, que llevaba una librea magnífica con un papel en la mano, se acercó a Fanarin y le preguntó qué causa defendía. Al enterarse de que era el asunto de Máslova, lo anotó y se marchó. En ese momento se abrió la puerta del fondo y salió de él el viejecito de aspecto patriarcal, pero ya no con la chaqueta, sino con una toga adornada de galones y una serie de condecoraciones resplandecientes en el pecho que le hacían parecerse a un pájaro.

Este ridículo atuendo debía turbar, por lo visto, al propio viejecito, y rápidamente, más deprisa de lo que solía andar de costumbre, pasó a la puerta opuesta a la de la entrada.


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