Resurrección

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—En caso de que no venga, ¿cuándo volveré a verle otra vez? —añadió con un suspiro y empezó a ponerse con cuidado el guante en la mano cubierta de sortijas—. Dígame que vendrá.

Nejliúdov se lo prometió.

Aquella noche, cuando Nejliúdov se quedó solo en su habitación y se acostó y apagó la luz, no pudo dormirse durante mucho tiempo. Recordando a Máslova, la decisión del Tribunal Supremo y que de todas formas había decidido seguirla, su renuncia al derecho de poseer tierras, de pronto, como respuesta a todo esto, se le apareció el rostro de Mariette. Se acordó de su suspiro y su mirada cuando había dicho: «¿Cuándo volveré a verle otra vez?», y de su sonrisa, con tanta claridad que le parecía estar viéndola y él mismo sonrió: «¿Haré bien en marcharme a Siberia? ¿Haré bien renunciando a la riqueza?», se preguntó.

Las respuestas a estas preguntas, en aquella clara noche petersburguesa, que se veía a través de la persiana mal bajada, eran indefinidas. Todo se hizo confusión en su mente. Trató de volver a su estado de ánimo anterior y recordó sus ideas anteriores, pero esas ideas ya no tenían la fuerza convincente de entonces.


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