Resurrección

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—¿Acaso usted no está contenta con el suyo?

—¿Yo? —preguntó, como extrañada de que se pudiera preguntar eso—. Yo tengo que estar contenta, y estoy contenta. Pero hay un gusano que se despierta…

—Y no hay que dejarle que duerma, es preciso creer a esa voz —dijo Nejliúdov cayendo por completo en el engaño.

Más tarde, Nejliúdov habría de recordar muchas veces, avergonzado, su conversación con ella. La recordaba no tanto mentirosa como imitando sus palabras, y con aquel rostro que parecía expresar ternura y atención con el que le escuchaba cuando contaba los horrores de la prisión y su impresión en la aldea.

Cuando regresó la condesa, hablaban no como viejos amigos, sino como íntimos que se entienden en medio de una multitud que no sabe comprenderlos.

Hablaban de la injusticia de los poderosos, del sufrimiento de los desgraciados, de la pobreza del pueblo, pero en realidad, bajo el rumor de sus voces, se miraban a los ojos, que no dejaban de preguntarse: «¿Puede quererme?», y respondían: «Puedo». Y el deseo sexual los atraía mutuamente, bajo las formas más diversas.

Al marcharse, le dijo que siempre estaba dispuesta a ayudarle en lo que pudiera, y le pidió que fuera a verla al día siguiente por la noche al teatro, sin falta, aunque fuera un minuto, que todavía tenía que hablar con él de una cosa importante.


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