Resurrección

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Nejliúdov veía esto ahora tan claro como veía los palacios, los centinelas, la fortaleza, el río, las barcas y la casa de la Bolsa.

Y lo mismo que aquella noche carecía de esa oscuridad tranquilizadora que proporciona el descanso a la tierra —había una luz turbia, artificial, triste—, en el alma de Nejliúdov no había el descanso de la oscuridad de la ignorancia. Estaba claro que todo lo que ocurría importante y bueno era miserable y malo. Ese brillo, ese lujo, ocultaban viejos crímenes habituales, que no sólo quedaban impunes, sino que reinaban y adornaban toda esa esplendidez que eran capaces de inventar los hombres.

Nejliúdov hubiera querido olvidar eso, no verlo, pero ya no podía. Aunque no vislumbraba la fuente de esa luz que le reveló todo, como tampoco veía la que iluminaba San Petersburgo, y aunque le parecía turbia, triste y artificial, no pudo por menos de notar lo que le descubría esa luz. Y al mismo tiempo sintió alegría e inquietud.





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