Resurrección
Resurrección A pesar de que en los primeros tiempos de la boda trataron de hablarse de «tú», continuaron empleando el «usted».
Se estrecharon las manos. Ignati Nikíforovich se dejó caer blandamente en el sillón.
—¿No molesto a la conversación de ustedes?
—No, yo no oculto a nadie lo que digo ni lo que hago.
Tan pronto como Nejliúdov vio ese rostro, esas manos peludas, oyó esa voz protectora y segura de sí, desapareció inmediatamente su sensación de dulzura.
—Sí, estábamos hablando de su decisión —dijo Natalia Ivánovna—. ¿Te sirvo té? —preguntó cogiendo la tetera.
—Sí, por favor. En realidad, ¿cuál es la decisión?
—Marcharme a Siberia, con el convoy de presidiarios entre los que se encuentra la mujer ante la cual me considero culpable —dijo Nejliúdov.
—He oído decir que no sólo acompañarla, sino algo más.
—Sí, me casaré con ella si lo consiente.
—¡Vaya! ¡Vaya! Si no le resulta desagradable, explíqueme sus motivos. No los entiendo.