Resurrección
Resurrección —Pero yo creo que es el mejor; además, eso me introduce en un mundo en el que puedo resultar útil.
—No creo —dijo Natalia Ivánovna— que puedas ser feliz.
—No se trata de mi felicidad.
—Por supuesto, pero ella, si tiene corazón, tampoco podrá ser feliz, ni siquiera puede desear eso.
—Ella no lo desea.
—Comprendo, pero la vida…
—¿Qué pasa con la vida?
—Exige otra cosa.
—No exige nada, salvo que hagamos lo que tenemos que hacer —dijo Nejliúdov contemplando su todavÃa bonito rostro, aunque cubierto de pequeñas arrugas al lado de los ojos y de la boca.
—No entiendo —dijo ella, suspirando.
«¡Pobrecita mÃa! ¿Cómo habrá podido cambiar asÃ?», pensaba Nejliúdov, recordando a Natasha tal como fue de soltera, y sintió hacia ella una gran ternura por una infinidad de recuerdos de la infancia.
De pronto, entró en la habitación Ignati NikÃforovich, como siempre, manteniendo erguida la cabeza y sacando su pecho ancho, con pasos ligeros, suaves y sonriente. Ignati NikÃforovich brillaba con sus lentes, su calva y su barba negra.
—Buenas tardes, buenas tardes —decÃa acentuando con afectación las palabras.