Resurrección

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El presidente y los jueces, con sus togas de cuellos bordados en oro, resultaban imponentes. Se daban cuenta de ello, y los tres, sin duda confusos por su propia grandeza, bajando humildemente los ojos, se apresuraron a sentarse en los sillones de respaldos esculpidos, ante la mesa. En ésta se veía un objeto triangular, coronado por un águila imperial; unos jarrones de cristal, como los que suelen colocarse con bombones en los aparadores; un tintero, varias plumas, algunas hojas de magnífico papel blanco y lapiceros de distintos tamaños, recién afilados. Junto con los jueces entró también el sustituto del fiscal. Con las mismas prisas, la cartera bajo un brazo, moviendo el otro, pasó a su sitio junto a la ventana, y acto seguido se enfrascó en la lectura y el examen de papeles, aprovechando cada minuto para ponerse al tanto del asunto. Acababa de actuar por cuarta vez como fiscal. Era muy ambicioso y estaba firmemente decidido a hacer una gran carrera, y por eso consideraba indispensable conseguir la condena en todas sus acusaciones. En términos generales, conocía el asunto del envenenamiento y ya había trazado un plan general para su discurso; pero le faltaban algunos datos, y los estaba sacando a toda prisa del sumario.




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