Resurrección
Resurrección Finalmente, el tercer juez, Matvei Nikítich, que siempre llegaba tarde. Era un hombre barbudo, de grandes ojos de expresión bondadosa y párpados caídos. Padecía un catarro intestinal. Aquella mañana, por indicación del médico, había empezado un nuevo régimen y por este motivo se había entretenido en su casa más de lo habitual. Subía al estrado con aire absorto, porque tenía la costumbre de adivinar por medio de toda clase de procedimientos las preguntas que él mismo se hacía. En aquel momento se había dicho que si el número de pasos desde la puerta del despacho hasta el sillón resultaba divisible por tres —sin dejar resto—, el nuevo régimen le curaría el catarro, y que en caso contrario no le curaría. El total de pasos resultaba veintiséis, pero dio un pasito más y se detuvo junto al sillón justo al dar el vigésimo séptimo.