Resurrección

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Pero Ignati Nikíforovich, con la costumbre del hombre al que no interrumpen cuando habla, no escuchaba a Nejliúdov, con lo cual le irritaba de un modo especial, y continuaba hablando al mismo tiempo que éste.

—Tampoco estoy de acuerdo con que el objetivo de los Tribunales sea el de mantener el orden existente de las cosas. Los Tribunales persiguen sus objetivos: bien sea el de la corrección…

—Buena corrección la de las cárceles —interrumpió Nejliúdov.

—… o bien sea el de alejar —prosiguió tenaz Ignati Nikíforovich— a los pervertidos y a la gente bruta, que amenazan la existencia de la sociedad.

—En eso está la cuestión, que no hacen ni lo uno ni lo otro. La sociedad no tiene medios para hacer eso.

—¿Cómo es eso? No lo entiendo —preguntó Ignati Nikíforovich, sonriendo a la fuerza.

—Quiero decir que en realidad sólo hay dos castigos sensatos: el castigo corporal y la pena de muerte, pero a consecuencia de haberse suavizado las costumbres se utilizan cada vez menos —dijo Nejliúdov.

—Es nuevo y sorprendente oírle decir eso.


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