Resurrección
Resurrección Hacía un calor sofocante de julio. Después de una calurosa noche, no se habían enfriado el empedrado de las calles, las casas ni y los tejados de hierro, y desprendían calor en una atmósfera quieta. No corría el viento y si se levantaba una ráfaga llegaba llena de polvo, olor a pintura y aire caliente. Había poca gente en la calle, y ésta procuraba ir por las sombras que proyectaban las casas. Sólo los picapedreros, curtidos por el sol, calzados con lapti, permanecían sentados en medio de la calzada pegando martillazos y colocando adoquines entre la arena caliente. Los guardias, de aspecto sombrío, con gorras blancas y cordones de color naranja de los cuales colgaban los revólveres, se cambiaban aburridos de un pie a otro y permanecían en mitad de la calzada. Los tranvías pasaban de arriba abajo por las calles con las cortinillas bajadas por un lado para protegerse del sol, tirados por caballos que llevaban las cabezas cubiertas por blancos capuchones con orificios por donde asomaban las orejas erguidas.